martes, 2 de agosto de 2011
Parpadea
En el pasillo hay un cuadro colgado. Es una fotografía en blanco y negro que hizo hace seis inviernos en Polonia. Todavía recuerda la buena compañía en la que estuvo aquellas 3 semanas. Pasa la mano por encima del libro que tiene sobre sus rodillas. Lo compró en un mercadillo del barrio. Siempre le han gustado esos mercadillos: artilugios de lo más variopintos, atigüedades con historias increíbles... Suspira mientras planea un nuevo viaje. Mira el calendario; parece no avanzar nunca. Tiene la sensación de que los días se acumulan en el primero del mes y hay que despegarlos y arrancarlos unos a uno con una cuchilla. El móvil suena, parpadea, vibra. En el bar de la calle vecina le espera el hombre por el que duerme a pierna suelta todas las noches. Beben el uno del otro. Viajan. Se aman.
lunes, 1 de agosto de 2011
A la luz de un mechero
Vive bajo la piel de un aventurero tímido. A sus años ya ha recorrido toda la costa de Andalucía. Camina mirando al cielo y sintiendo la libertad en la piel de los brazos. Los extiende. Es y se siente libre. De día pisa con firmeza el suelo andaluz que rodea su nómada vida. Arranca el motor y se pone en marcha hacia destinos sureños que descansan sobre alguna pared rocosa. De noche busca una buena compañía con quien resguardarse bajo el techo de su furgoneta. Esperando que cada joven muchacha que aterriza en su cama se marche al amanecer sin hacerle el desayuno. La radio nunca deja de sonar. Cantan para él artistas con voz rota y a la vez suave. Manos en el volante. Vaya pelos. Vaya cara adormilada y bonita. Él enmudece con cada línea discontinua de la calzada. Le gusta viajar y fotografiar los secretos de cada lugar que se abre ante su alma. Degustar la mejor gastronomía de cada ciudad/pueblo que visita. Siempre regresa con nuevas historias que contarme a la luz de un mechero. Yo le cuento las mías, pero nunca conseguiré superar la emoción con la que relata sus vivencias. Es mágico.
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